Baleares: crónica de un brote anunciado
Mascarilla “olvidada”, distancia inexistente y la permisividad ante una crisis económica sangrante en la Comunidad. Sin lugar a dudas a pie de calle se veía venir.
He tenido la suerte de esquivar el famoso brote de los viajes de fin de curso en las Islas Baleares durante mi estancia allí estos días. Sorprendentemente, mi pareja y yo nos enteramos días más tarde del mismo ya a mitad de nuestro viaje porque el estilo de vida de los mallorquines de nacimiento o adopción no había cambiado en absoluto, algo que después de lo vivido durante la pandemia como sanitario no es ninguna novedad.
Sin embargo, cuando nos lo contaron no me extrañó nada la noticia. Fue un revuelo monumental el que se había formado en todos los telediarios de España. El mayor brote de toda la pandemia y se provocaba en la recta final de la lucha contra el virus. Hay muchas cosas que comentar y muchas observaciones que hicimos, tanto mi pareja como yo, durante nuestro viaje.
Es mundialmente conocido que la economía balear se sustenta por el turismo, sobre todo el turismo europeo de alemanes e ingleses. Durante la pandemia, si la crisis económica que conllevó la misma fue dura en todo este país que vive de turismo y hostelería (nada que reprochar a todos los profesionales del sector, solo que un país no puede vivir sin una economía diversificada), en Baleares se notó muchísimo más.
Como he dicho, muchos viven del turismo extranjero, ya que el turismo nacional no le importa a la mayoría de estos establecimientos, sobre todo teniendo en la Península otros destinos más accesibles que las Islas. Las normativas de semáforos que llevan en Europa para viajar son mucho más estrictas que las españolas, por ejemplo, nos comentaban muchos hosteleros que el semáforo seguía en rojo para los turistas provenientes del Reino Unido, y que por ahora lo sobrellevaban con alemanes y los pocos franceses e italianos que se veían. Tal es el caso, que en los destinos más familiares de la isla de Mallorca se veían más letreros en alemán que en castellano o balear.
En la llegada al aeropuerto ya comenzamos a ver las diferencias. Vuelos internacionales por un lado y nacionales por otro. Los internacionales pasarían por un control de Test de Antígenos y tendrían que realizarse otro para poder salir del territorio nacional. Los nacionales debían cumplimentar un formulario por Internet que te preguntaba si tenías síntomas o estabas vacunado o con una PCR hecha. Al rellenarlo, suponíamos que nos pedirían alguna prueba para ver que era cierto lo que se decía, pero nada más lejos de la realidad. Enseñabas un QR asociado al formulario, palmadita en la espalda y hacia tu destino. Básicamente, el formulario era marcar la casilla de “Acepto todas las condiciones” de cualquier formulario de Internet.
Ya vemos que el primer paso donde se podría haber parado ni existe. Ni control de temperatura, ni control de PCR. Confiemos en la buena voluntad de los españoles que no viajarían sin la seguridad de no llevar el virus por todos lados.
Por las calles de Can Picafort (localidad cercana a Alcudia, otro de los focos del brote en la isla), era fácil reconocer a españoles de extranjeros. Parece que las leyes españolas no van con ellos ni las de su propio país. Se encuentran en aguas internacionales, ya que hasta donde sé la mascarilla es obligatoria todavía en muchos sitios fuera de España y todavía no había llegado el famoso 26J del quítate la mascarilla. Alemanes, ingleses, franceses… no había ninguno que llevase la mascarilla, ni siquiera a mano para poder ponérsela. La anécdota fue un pobre policía local que luchaba con sus dos o tres palabras en inglés para que se la pusieran, a lo que los turistas extranjeros le respondían con soberanas carcajadas mientras se la ponían para después volverla a guardar. Eso sí, luego bien les veías haciendo cola para realizarse un Test de Antígenos en las clínicas privadas que están haciendo buen negocio. Y que no te vean a ti que soberana reprimenda/multa te puedes llevar.
Si vamos a los españoles, la mayoría llevaban su mascarilla de las formas clásicas: bien puesta, nariz por fuera, de sujeta barbas, o, al estilo cani, al codo. Pero, ay los jóvenes, esos chavales que tanto la liaron. Botellones y mascarillas “olvidadas” era lo que nos podíamos encontrar en su media de edad. Ya vemos dos factores del temido brote que tantos noticieros ha abierto como titular.
Y es que, en su locura transitoria de poder abrir después de 11 meses, los hosteleros tampoco ayudaban. Ellos como buenos profesionales llevaban su mascarilla, pero eso de la distancia entre mesas era otra cosa. No era raro salir a cenar a un restaurante, con el consiguiente mascarilla fuera para poder comer y beber, y encontrarte con una mesa a ambos lados, a la espalda y al frente como si no hubiera pasado nada durante este año. Fácilmente podías robarle comida de sus platos porque llegabas de sobra a sus platos (dentro de lo que cabe nuestra querida Ayuso todavía “mantiene” la distancia entre mesas). Terrazas y locales a reventar de mesas y sillas para hacer el dinero que han perdido en estos meses en una temporada de verano que no ha empezado nada bien. Por suerte, los locales de fiesta ni los vi, pero si he visto las famosas imágenes de los macroconciertos de Palma y me ahorro los comentarios. Si me parecía que no había distancia entre mesas en los restaurantes ya se puede ver que en esos eventos, que no se cancelaron, ni existía.
Por lo tanto, son varios los factores que han llevado a este brote. Si bien la irresponsabilidad de unos jóvenes sin miedo a las consecuencias y unos organizadores de viajes que querían hacer su Agosto a finales de Junio, fueron los factores más determinantes, hay que repasar muchas otras circunstancias que llevan a una propagación irremediable del virus.
Como digo, no era de extrañar que sucediera un brote de estas características en Baleares. Una crónica de un brote anunciado que todos podían ver menos las personas que tenían que prevenirlo.