Crudeza innecesaria en los anuncios de la DGT
El pasado fin de semana me encontraba disfrutando de una tranquila y apacible comida familiar, cuando uno de los presentes me instó en dirigir la mirada hacia el televisor, pues en ese preciso momento comenzaba la emisión de uno de los últimos anuncios elaborados por la Dirección General de Tráfico.
Durante el anuncio, podemos ver a la cantante Amaia explicarnos los datos y las circunstancias de los atropellamientos ocurridos en nuestro país, haciendo especial hincapié en que normalmente los vemos como simples cifras hasta que le ocurre a una persona conocida. Apenas ha terminado de decir la frase cuando un gran vehículo impacta contra la cantante a bastante velocidad, mandándola a volar varios metros en el aire para después terminar pasando con las cuatro ruedas por encima de su cuerpo, acompañando la grotesca escena con un sonoro crujido de huesos.
Pero esto es solo la mitad de la campaña orquestada por la DGT, ya que la campaña bautizada con la frase “Saberlo es empezar a evitarlo” cuenta con otro video parecido en el que la víctima es el actor Eduard Fernández. Aunque particularmente, considero este video menos estremecedor tanto por la crudeza y el sonido del impacto como por el hecho de que no es igual el atropello de un hombre que ronda casi los sesenta años, que el de una chiquilla de tan solo 23 años de edad.
Entiendo que a día de hoy, estamos más que acostumbrados a ver escenas semejantes, y hemos acabado por normalizar cierto tipo de situaciones que nos hacen replantearnos el significado del término humanidad, pero es inevitable plantearse la pregunta. ¿Es necesario hacer unas campañas tan crudas y violentas para tratar de concienciar a la población en cuanto a los accidentes de tráfico? Y es que, debido a la relatividad del asunto, es difícil encontrar una respuesta.
Por muy abultada que sea la cifra de personas fallecidas en accidentes de tráfico en carreteras españolas, sigue estando muy por debajo de la frecuencia con la que otras causas de mortalidad tienen lugar, como es el caso del suicidio o el ahogamiento, las cuales se datan en más de 3.000 muertes anuales cada una. Y no por ello, nos encontramos un anuncio televisivo en el que un hombre se ahoga en el mar, o un joven opta por cortarse las venas en su cuarto, tal y como nos hace ver la DGT.
Ahora bien, entiendo que, con que dicho anuncio logre evitar una sola muerte, ya podríamos estar hablando de que ha merecido la pena. Pero desde el escepticismo que me caracteriza, me veo en la obligación de cuestionarme la efectividad de estas campañas, pues dudo mucho que por más grotescas o salvajes que puedan hacerlas no llegan a calar hondo en los espectadores, los cuales no recordarán estas imágenes cuando vayan a cruzar la carretera o realizar cualquier comportamiento que conlleve un peligro de atropello.
En cambio, sí que puedo garantizar que no es de mi agrado tener que ver ese tipo de escenas mientras estoy disfrutando de una tranquila comida familiar. Y no es que se diga que yo sea una persona especialmente sensible con estos temas, pero contra, todo tiene su momento.