El futuro del huevo frito
Hace tan solo unas semanas, el lanzamiento al mercado de un producto generaba un enorme revuelo en las redes sociales. Por el precio de 1,80€ podíamos hacernos con un par de huevos a la plancha, ya cocinados, listos para recibir un golpe de microondas poco mayor de medio minuto y así obtener un producto totalmente listo para comer. Obviamente, los comentarios no se hicieron esperar: “Nos tenemos que extinguir”, “Has pagado cerca de una docena”, “El siguiente paso es que vendan la comida triturada para no tener que masticar”, o incluso, un pequeño sector defendía este lanzamiento como un producto que favorece la inclusividad de personas con minusvalías: “Está pensado para la gente que no puede hacerlo, como los ciegos, que para ellos freír es algo peligroso” o “Está pensado para personas que tienen dificultades con el movimiento de las manos”.
Sea como fuere, y dejando a Twitter de lado, donde ya sabemos que siempre habrá alguien dispuesto a criticar cualquier cosa mientras otra persona la defiende, siempre con la falta de respeto que caracteriza ese basurero al que llaman red social, tenemos que destacar que, el lanzamiento de este producto, tiene mucho por analizar.
En primer lugar, debemos tener en cuenta que cuando una superficie como Mercadona lanza al público un producto como este, previamente ha realizado los correspondientes estudios que aseguran la eficiencia de este movimiento comercial. Incluso si a la larga no terminan siendo rentables, solo con la cantidad de gente que va a comprarlos aunque sea para probarlos ya ha valido la pena, económica y publicitariamente hablando, pues resulta fácil que una visita que tenía como premisa probar este producto termine por sumar algún otro artículo, que ya de paso, también se mete en el carro.
Por otro lado, desde el orgullo que nace dentro de todas las personas que critican este producto que trata de suplir algo tan simple y rápido como es freír un huevo, podemos evidenciar el rechazo hacia este tipo de comida. Pero en realidad, si lo pensamos fríamente, tiene su propia explicación. Estoy seguro de que si nos remontamos 10 años atrás, y le preguntamos a la población sobre los servicios de entrega de comida a domicilio, se reirían mientras explican que no son lo suficientemente vagos como para dirigirse en persona hasta el restaurante en cuestión y pedir la comida que desean. Ahora, míranos.
La evolución de la sociedad, y en concreto del mercado comercial, tratan de cubrir cualquier tipo de necesidad, por vaga y remota que sea, siempre que haya alguien dispuesto para pagarlo. Estoy seguro de que si hubiera suficiente demanda, existiría un servicio que acudiese a tu domicilio para cumplir las necesidades más banales, aunque esto normalmente quede reducido a quienes dispongan la holgura para poder pagarlo. Y es que, hacer uso de plataformas como Just Eat, Glovo o Uber Eats termina resultando un severo golpe a nuestros bolsillos.
Como suele ocurrir con la mayoría de las cosas, por mucho que teoricemos sobre el asunto, solamente el tiempo nos revelará si la sociedad termina rindiéndose a este tipo de productos procesados cada vez más funcionales para las personas, salvando tiempo y energía, a cambio de dinero. De calidad no hablo, que se dé buena mano que existen personas, que pocos huevos han frito a lo largo de su vida.