El doble rasero que genera la fatiga pandémica

El doble rasero que genera la fatiga pandémica
Manifestación contra el confinamiento
Manifestación contra el confinamiento

Hoy vengo a hablar de un tema bastante polémico en la actualidad, ya que nuestra actitud frente al inextinguible virus Covid 19, ha variado mucho con el paso del tiempo.

Aún recuerdo, con la sensación de ironía que me suele invadir al contemplar estas situaciones, como la población entera se unió como una sociedad cargada de valores y principios, que aceptaba el castigo de aislarse entre las paredes de su casa, por el bien de un futuro mejor, pensando en los más débiles y soñando con el momento que nos devolviera esa antigua normalidad, de la que estábamos tan acostumbrados y no habíamos sabido apreciar hasta entonces.

La mayoría de los ciudadanos corrientes se convirtieron en superhéroes con capa que con el simple hecho de quedarse en casa, estaban salvando el mundo. Las redes sociales ardían, pero no tanto como los famosos balcones que dichos superhéroes caseros utilizaban día tras día para mostrar su apoyo a los organismos sanitarios, y en el caso de aquellos más atrevidos, reprender a los viandantes que circulaban dentro de su campo visual, sin siquiera conocer los motivos por lo que esa persona se encontraba en plena calle.

El código moral estaba escrito, y si no lo cumplías, eras una mala persona (por decirlo con palabras suaves). Tu obligación como ciudadano con el resto de la sociedad, era quedarte en tu hogar, cumpliendo el arresto domiciliario que nos habían impuesto, para reducir la tasa de contagio de ese fastidioso y letal virus, que se cebaba con aquellas personas cuyo sistema inmunológico rendía a un nivel inferior.

Pero la realidad a la que nos enfrentamos hoy día, es muy diferente. Prácticamente dos años más tarde, con las vacunas ya repartidas entre quienes así lo han deseado, y más de cinco millones de fallecidos por Covid 19 a lo largo de todo el mundo, tenemos que enfrentar a una nueva y devastadora sexta ola de contagios, cuya repercusión, está siendo algo más moderada en España (probablemente debido al alto porcentaje de vacunación), pero que en términos globales, está alcanzando unas alarmantes cifras que se asemejan demasiado a la situación que vivimos exactamente hace un año.

Lamentablemente, el problema surge a raíz de ahí. Setecientos días después de la aparición del funesto virus, y habiendo recuperado prácticamente la totalidad de esa famosa y ansiada “nueva normalidad” que veníamos buscando desde la primera semana que pasamos encerrados en nuestros hogares, la mera idea de tener que volver a recular, perdiendo ese libre albedrío del que gozamos como seres humanos, nos produce un rechazo total y absoluto. La sociedad no quiere volver a perder las cañas en los bares, las discotecas, o los partidos de fútbol con público en el estadio, olvidando por completo la premisa que antaño colgaba de cada uno de los balcones, que decía algo así como “esto lo hacemos por los más débiles”.

Países como Austria, Dinamarca, Croacia o Países Bajos, ya han establecido importantes concentraciones en contra de los confinamientos, llegando algunas de ellas a convertirse en auténticos disturbios. Y ante esta situación solo puedo entender, con una enorme pena que por otro lado tanto no me sorprende, cómo la moral de la sociedad ha dado un giro de 180 grados.

Ahora ya no quedan superhéroes capaces de encerrarse en sus hogares, para enfrentar a este horrible virus, el tiempo y la fatiga los ha consumido. Esas capas relucientes que veíamos una y otra vez tanto por las redes sociales como por los televisores, han sido recortadas y atadas a un palo en forma de bandera, que ondea capitaneando las manifestaciones en las mismas calles que meses atrás, juraban no pisar por el bien de todos los demás. Recuerdo con claridad como durante los confinamientos pude leer en varios lugares la frase “De ésta, salimos mejores”. Pero si algo nos está provocando esta fatiga pandémica, es una traición total a nuestros principios, sacando el lado más egoísta de los seres humanos, que con resignación y algo de desesperación, frente a una situación que no parece tener fin alguno, exigimos colgarnos una medalla, sin siquiera haber terminado la carrera.

Aquellos mismos que te increpaban desde sus balcones por no pensar en los demás, hoy día se apelotonan en la calle para exigir su tan ansiada e irresponsable libertad.

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